EL EVANGELIO SEGÚN EL CUERPO DE CRISTO

Reseña de SED (Anagrama, 2022) de Amelie Nothomb.

Sed, el último libro de Amélie Nothomb, es una polémica mirada de un acontecimiento simbólico en la historia del cuerpo en Occidente: la crucifixión de Cristo. “Yo no quería escribir la historia de Jesucristo, eso ya lo han escrito muchas veces. Lo que quería escribir era la historia de la cruz”, señala la autora. El relato busca problematizar entonces el símbolo de la cruz como figura del sometimiento voluntario del cuerpo al sufrimiento. 

A semejanza de José Saramago en El evangelio según Jesucristo y D.H.Lawrence en El hombre que murió, Nothomb se propone narrar aquél evento de la historia sagrada desde la perspectiva del “hombre”. Sin embargo, mientras Saramago denunció la crueldad sobre el cuerpo responsabilizando al Dios padre, y Lawrence lo abordó desde los misterios de la sexualidad de Jesús, Nothomb cuestiona el símbolo del cuerpo como depositario de la culpa y los pecados, que solo pueden expiarse a través de su sufrimiento. Otra novedad es que lo hace desde la perspectiva del Dios encarnado. 

En el relato, Jesucristo, la noche antes de ser crucificado, advierte no sólo que él sufrirá un tormento innecesariamente doloroso, sino que aquel acontecimiento producirá un daño a la humanidad. Creará una figuración en la historia del desprecio al cuerpo, del sometimiento voluntario al dolor, frente a la cual, Amélie Nothomb ha querido contar otra versión, una que será narrada desde la voz del espíritu encarnado y de las necesidades de la carne que aparecen representadas en la sed y el dolor. La de Nothomb podría ser considerada en este sentido una versión del evangelio según el cuerpo de Cristo. 

Esta convicción, representada en la primera persona de Jesús, corresponde asimismo a lo que sabemos de la historia del cuerpo en Occidente asociada al símbolo de la cruz: la exaltación de los sufrimientos y muerte atroz de Cristo entendidas como manifestaciones de su divinidad. Los prolongados martirios a los que se vieron sometidos los santos que fueron entendidos como el mejor testimonio de que eran elegidos de Dios. Del mismo modo, las multitudes andrajosas, los cuerpos mutilados o deformes, los niños sucios y malnutridos, los ciegos y los leprosos, portaban los símbolos de la desgracia de la criatura abandonada por Dios, que debía purificar su espíritu a través del dolor de sus cuerpos.

La Pasión de Cristo es un símbolo que ya está prefigurada, según Foucault, en el sacrificio de Abraham y luego se reproduce en el espectáculo de los suplicios, en la rueda o los instrumentos de tortura. Encarna el cuadro fantástico del encarnizamiento, de los cuerpos torturados y del dolor. Es una imagen sobrecargada de significados que por insensata, y con una distancia temporal y razonada, se transforma fácilmente en una figura de pesadilla. 

Nothomb señala en la voz reflexiva del propio Dios encarnado que esa tortura y asesinato atroz al que se sometió fue un error. Jesús sabía que iba a morir ( “Siempre supe que me condenarían a muerte”, comienza el relato), pero no imaginaba que podía morir así, de ese modo tan cruel. Es sobre todo la “sed”, la metáfora del cuerpo que quiere vivir, del cuerpo deseante, la que lleva a Jesús a considerar que su resignación al martirio ha sido un desgraciado equívoco. No testimonia ninguna vida divina.

Nothomb renueva la lectura del símbolo de la crucifixión,no obstante, la originalidad de la narración no reside tanto en rescatar el punto de vista del cuerpo en esa historia, como en el carácter reflexivo y el monólogo interior del propio Jesucristo. Y hay que decir que en la exploración de esa voz, la novela también es un relato de la soledad que experimenta el propio Jesús al momento de sobrellevar su error, junto con las traiciones y miserias ajenas que debió soportar junto al dolor físico. Nothomb ofrece al respecto una interpretación alternativa al “Perdónalos, no saben lo que hacen”, cuando señala que lo que en realidad pensó Jesús fue que no actuaban por maldad sino por mediocridad.Sabe que su inconsciencia fue mayor-, tratar de cambiar a los hombres-y pagó su precio por ello.

Los últimos apartados de la novela no son narrativos. Jesús reflexiona sobre su condición espiritual como descarnado, sobre el significado de la fe y el amor. Allí es donde transmite su mayor perplejidad, algo que no puede resolver en todo este malentendido. ¿Cómo es que otros observan su rostro y encuentran razones para creer y tener fe en el amor universal? Cuando él mira su rostro en aquella cruz todo lo que ve es soledad. 

En esa última paradoja que señala Jesús entre la representación de sí y la de los otros, es cuando Amélie Nothomb se acerca con mayor precisión al misterio del triunfo de la imagen de la Pasión de Cristo, que ha producido tantas interpretaciones, desde la pintura, hasta el cine y la literatura. Tal vez el poder de esa imagen, poblada de tantas significaciones bajo su superficie, no reside ya en lo que enseña, sino una cierta fascinación, como las que evocan las figuras fantásticas sobre la monstruosidad y la locura en la época clásica, aquellas que más que un sentido lo que terminan de ofrecer al espectador es un rostro enigmático.

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