Mitos y realidades acerca de la oposición entre  utopías y distopías literarias

 El mundo actual está lejos de imaginar paraísos futuros como lo hizo el siglo XIX y XX.

Quizas se deba a que «Vivimos en una temporalidad desgarrada», como señala Reinhart Koselleck.

Una de las características más impresionantes de las culturas que han sostenido el ideal civilizatorio, que todavía entienden a la historia como un proceso guiado por una futuridad progresista, es que comprenden a la temporalidad, cada vez más explícitamente, como el resultado de una aceleración, que por naturaleza, le es inherente a toda sociedad que anhele que el futuro sea una mejora o al menos introduzca una variación respecto del pasado.

Esta aceleración que es la historia significó, a partir de la Modernidad, que en el trato diario con las cosas y sus semejantes, al momento de orientarse en la vida, los seres humanos comenzaron a vivir una experiencia nueva: los saberes de los ancestros empezaron a estar muy lejos de ofrecer ejemplos o enseñar algo sobre las situaciones que debían enfrentar las generaciones venideras. Pronto, los jóvenes de las capas altas de la sociedad, comenzaron a manifestar otras expectativas de lo que les podía suceder, a imaginar y a desear otros escenarios futuros. Más tarde, esa actitud moderna, ese ethos, se irá democratizando y encontrando también otras formulaciones históricas.

Las cosmovisiones literarias de la alta cultura moderna del siglo XIX dramatizaron así esta tensión entre las experiencias pasadas y las esperanzas depositadas en el futuro, hasta un punto en que el vínculo entre el acerbo que conformaba la tradición, el tiempo presente y los imaginarios futuros, terminará por romperse, y el tiempo histórico, podría decirse, estalla. La fractura pareciera haberse producido durante la Gran Guerra, aún cuando hasta nuestra actualidad, la referencia a la historia permanece como una ilusión general. Basta con constatar que las subjetividades contemporáneas no están arraigadas en narrativas historicistas. Así como, que en diversos géneros artísticos, la imaginación utópica, ligada a los discursos teológicos de los siglos XIX y mediados del siglo XX, ha sido desplazada por la imaginación distópica, característica de la última parte del siglo XX que llega incluso hasta nuestros días.

Pues bien, si la narrativa está íntimamente relacionada con las formas en que socialmente organizamos nuestras experiencias temporales, es posible pensar, entonces, que el relato utópico estuvo orientado por un principio de esperanza privilegiado de las sociedades modernas.

El origen literario se ubica en la transición a la Modernidad, en el siglo XVI. La referencia paradigmática es la obra de Tomás Moro Utopía (1516), donde el escritor y teólogo inglés crea el concepto combinando dos palabras griegas: eutopia, que significa <<buen lugar>>, con outopia, que se traduce como <<ningún lugar>>. Utopía se define a partir de entonces como el ideal que una sociedad crea acerca de sí misma, al que sitúa en algún futuro. Como ninguna otra cosa, el lenguaje sirve para reparar en la imaginación males sociales o injusticias, tanto como para seducir a sus destinatarios para promover esos cambios.

Desde el punto de vista literario, la utopía que construye el autor con su imaginación se alcanza una vez que la sociedad logra erradicar algún tipo de mal que la desestabiliza. La obra es un ritual de purificación. Así, por ejemplo, si la actualidad del pensador utópico está atravesada por incertidumbres y asiste al desplome de antiguas estructuras, cambios de creencias y convenciones, como fue el caso de Tomás Moro, entonces la utopía resultante, muy probablemente, será un lugar fiable y previsible en el que las personas no sufrirán los golpes del destino.

La futuridad , en consecuencia, es fundamental para la imaginación utópica. Sin embargo, trasciende a la conciencia o genialidad de un autor. Podría decirse que la utopía es un horizonte que orienta las expectativas de mejora de una comunidad, pero que en tanto horizonte, nunca se alcanza, habida cuenta que siempre se está desplazando hacia adelante. Por tal motivo, nunca permanece igual así mismo, ni al impulso del autor. Más aún, el supuesto de la imaginación utópica es que en el futuro se producirán mejoras soñadas con respecto al presente. El filósofo Ernst Bloch señala en El principio de la Esperanza (1959) que lo que existe en los imaginarios sociales es un impulso utópico, un principio de esperanza. El efecto concreto de esta apertura del futuro en el hoy es la creación de nuevas experiencias, desde las cuales, cada nueva generación actualiza su mirada del pasado y también construye nuevas perspectivas de futuro.

Ernst Bloch. Filósofo Alemán. Fuente: https://bancodelecturas.wordpress.com/

En la Modernidad esto mismo se representó en las variadas acepciones de la idea de Progreso. Por tal razón, la narrativa utópica se expresó no solo en la literatura y las artes, sino también en la filosofía, la historia y las ideologías del siglo XX.

En Retropía (2017), Zygmunt Bauman describió esa relación entre el mundo moderno y las utopías de este modo: “el mundo moderno debería ser un mundo optimista, un mundo que tiende a la utopía, un mundo convencido de que una sociedad sin utopía no es habitable y que, en consecuencia, una vida sin utopía no es digna de ser vivida”.

En el siglo XIX surgirán nuevas figuras literarias, que si bien se nutren de la imaginación utópica, al mismo tiempo cuestionan ese optimismo heredado y lo hacen a partir de reflexionar acerca de una serie de problemas, como por ejemplo: ¿Qué podría ocurrir  si el devenir no está asegurado? ¿Dónde pueden llevarnos las ansias de poder y control de la imprevisibilidad humana?  ¿Es acaso ilimitada la naturaleza? ¿Podría ser utilizada la tecnología en contra de la humanidad? ¿Por qué el futuro es necesariamente mejor?

Una novela como Frankenstein; or, The Modern Prometheus (1818) de la escritora Mary Shelley y el cuento Der Sandmann (El Hombre de Arena, 1817) de E.T.A. Hoffmann, así como la novela de anticipación La Máquina del Tiempo (1895) de H. G. Wells, se hacen eco de estos dilemas surgidos en el siglo XX.

Sin embargo, pese a estas problematizaciones tempranas, el optimismo de la filosofía Iluminista continuó orientando las expectativas de la sociedad decimonónica hasta los primeros lustros del siglo XX. Harán falta una sucesión de catástrofes, que finalmente se desencadenaron con la Primera Guerra Mundial, para que los sueños del “Progreso” comiencen a desmoronarse.

Durante la entreguerra, la imaginación utópica irá dando lugar a la imaginación distópica, que asume, por aquellos años, un carácter profético y cuestionador. A tal punto  que géneros considerados hasta entonces «menores», como el cuento fantástico y de terror- con referentes de fines del siglo XIX y principios del XX, como Edgar Allan Poe, H.P.Lovecraft y Jorge Luis Borges- y  las novelas de ciencia ficción-a través de autores como Ursula K. Le Guin, Isaac Asimov, Arthur C. Clarke-, se convertirán en profundas reflexiones sobre la futuridad. 

La distopía lanza  entonces a la imaginación utópica una pregunta general que podría resumirse en: ¿qué podría ocurrir con el mundo, si aquello que soñamos o deseamos, una vez concretado, no resulta como esperamos y se convierte en nuestra peor pesadilla? 

Cuando la novela distópica interrogan abiertamente alguna de las antiguas narrativas utópicas, ahí entonces podemos considerarlas «anti-utópicas».  Es el caso de El Talón de Hierro (1908) de Jack London o Nosotros (1920) de Yevgueni Zamiatin, que inaugurarán la literatura crítica de futuros «totalitarios». Ambas novelas distópicas serán además las precursoras de la célebre 1984 (1949) de George Orwell,  Un Mundo Feliz (1932) de Aldous Huxley y Fahrenheit 451 (1953) de Ray Bradbury. 

El modernismo no ocultó en ocasiones cierta hostilidad hacia la tecnología, sobre todo el la forma de mecanización, así como la crítica a la cientificidad, que aplicada a la gestión de lo humano, mostraba efectos deshumanizantes, como se lee en obras de la entreguerra, tales como: R.U.R. (1921), de Karel Čapek, la película Metrópolis (1927), de Fritz Lang y Un mundo feliz (1932), de Aldous Huxley.

Metrópolis (1927) de Fritz Lang.

Las distopías nos advierten así pues de las utopías fallidas. Las sociedades distópicas que aparecen representadas en muchos subgéneros de ficción llaman la atención sobre problemáticas medioambientales, políticas, económicas, religiosas, científicas y tecnológicas. Incluso algunos autores usan el término para referirse a sociedades existentes, muchas de las cuales son o han sido Estados totalitarios, Estados fallidos o sociedades en estado avanzado de colapso.

 Si bien se ha considerado hasta hace muy poco a la ciencia ficción como un género predominantemente masculino, las mujeres han contribuido considerablemente a este subgénero del Sci-Fi que es la novela distópica. El último hombre (1826) de Mary Shelley es una de las primeras ficciones apocalípticas del mundo moderno. Desde luego, la distopía más popular por estos días que aborda la dimensión política del movimiento feminista es el El cuento de la criada (1985) de Margaret Atwood. Por lo demás, es célebre por sus planteamientos anarquistas la novela Los Desposeídos (1974) de Ursula Le Guin.

Dentro del subgénero distópico, las ficciones apocalípticas son aquellas que imaginan un futuro que es el resultado de algún tipo de catástrofe. Estos mundos son comúnmente llamados “postapocalípticos”. 

El primer gran colapso que fue representado de este modo es el de las sociedades premodernas. Por eso muchas distopías imaginan que las fallidas sociedades progresivas suponen un retroceso a la prehistoria o una suerte de combinación de Edad Media y restos heredados del desarrollo científico-tecnológico. En la medida en que las distopías juegan con la futuridad, sus historias también pueden estar situadas en diversas temporalidades y permiten articular acontecimientos históricos como fantásticos. Existen, por ejemplo, algunas  ucronías que  son distópicas, porque sitúan la catástrofe en el pasado. Es el caso de The Man in High Castle (1962) . La novela del escritor de ciencia ficción Philip K. Dick especula sobre cómo sería el mundo si el fascismo hubiera ganado la Segunda Guerra Mundial. 

Asimismo, ciertas ficciones apocalípticas imaginan qué podría suceder si algunos de los peores miedos de nuestras sociedades se volvieran realidad. Filmes distópicos como Mad Max (1979),  Robocop (1987) y Terminator (1984), asocian la catástrofe con acontecimientos del mundo contemporáneo, tales como la crisis del petróleo, el desempleo masivo y los efectos sociales de las nuevas  tecnologías. Expresando hasta qué punto el miedo al reemplazo del trabajo humano por los ordenadores y las máquinas alimentó la imaginación distópica en los años 90′.

El fin del mundo puede también haber sido provocado por una catástrofe medioambiental, como sucede en las Cuatro Tierras de la Trilogía Shannara (1988), historias de fantasía escritas por Terry Brook, o  debido a que se escapa de un laboratorio un virus mortal que amenaza a la humanidad con su extinción, como plantea la novela The Stand de Stephen King.

Representación del texto medieval El Viaje de San Brandan.
Fuente: https://www.fabulantes.com/

Otras perspectivas sostienen que el género distópico no está ligado exclusivamente al siglo XX y no se limita a ser una reacción a las utopías modernas. Vinculan a la distopía con la idea de “paraíso perdido” ligada a los viajes transatlánticos, de descubrimiento y exploración europeos, del siglo XV y XVI. Aventureros, conquistadores, hidalgos, viajaron motivados por paraísos a los que descubrir, como es el caso de El Millón o Libro de las Maravillas del mundo de Marco Polo. Una obra que se cree que Cristóbal Colón llevó en sus viajes. También Los Viajes de Juan Mandeville y Cantar de San Brandán. Este enfoque considera como fuentes a la literatura que fue resultado de los procesos de conquista y colonización del nuevo mundo.

Frente al desencanto del paraíso perdido, en el siglo XVII, adelantos técnicos como el telescopio y los desarrollos científicos, permiten imaginar un nuevo territorio ilimitado por explorar.  En ese contexto nacen las primeras ficciones especulativas sobre viajes al espacio: en 1638 John Wilkins habría de escribir su Tratado sobre el mundo lunar y sus habitantes. También encontramos El otro mundo (1657) de Cyrano de Bergerac. Esta obra, considerada como una de las primeras novelas de ciencia ficción, posee dos partes: una primera, dedicada a la Historia cómica de los Estados e imperios de la luna y una segunda sobre la Historia cómica de los Estados e imperios del Sol. Cyrano viaja a la Luna y al Sol, describiendo las gentes que se encuentra y contrastando las formas de vida de los habitantes de la tierra, las similitudes entre ellos y los terrícolas. Cyrano utiliza este recurso para reflexionar sobre las problemáticas de la propia sociedad en la que está viviendo. Es decir, el viaje imaginario, es un pretexto para desarrollar sus posiciones críticas de la sociedad y el pensamiento de la época.

Ninguna de estas historias, desde luego, es una distopía, pero instalan la idea de que vivimos en mundos creados artificialmente, creados a través de ingenierías planetarias o ecopoiesis, referido al origen de un ecosistema autosustentable que se construye en un planeta sin vida o estéril. Esta figura empieza a gestarse a partir de considerar que la tierra (y sus habitantes, los terrícolas, término luego utilizado por la ciencia ficción) es uno de los tantos mundos artificiales y es posible imaginarnos otros. Más aún, se puede buscar otros espacios fuera de lo terreno para construir una nueva sociedad. La película recién estrenada Moonfall (2021) es un ejemplo al considerar a la luna una estructura de ingeniería extraterrestre.

La posibilidad de prefigurar un universo, que no está en nuestra experiencia ni en nuestro saber, para sustituir el mundo por otro diferente, Hannah Arendt la ve germinar en la transición a la modernidad, no obstante, se termina de configurar en la Edad Moderna. Se basa en la idea de que solo podemos conocer aquello que nosotros, la humanidad, hemos fabricado. Hasta hace muy poco, a la ciencias prometeicas les estaba vedada la creación de naturaleza y vida, sin embargo, con el desarrollo de la genética y la promesa de terraformación de otros planetas, la ecopoiesis se ha transformado en algo más que un sueño del sci-fi.

Sin embargo, por el momento, si bien es la ciencia ficción la que imagina las posibilidades de quebrar las fronteras espaciales y luego también del tiempo, son las distopías actuales las que parecen señalar algo más parecido a lo que finalmente experimentamos: la constatación de que no hay más fronteras que quebrar ni mundos por explorar. El que conocemos es el único mundo posible y estamos encerrados en él. Bauman identifica esta sensación de terra nulla con la expresión de Milan Kundera acerca de que una <<unidad de la humanidad>>, como la que ha producido por efecto de la globalización, implica que <<nadie puede escapar a ninguna parte>>.

La utopía está asociada entonces a un espacio utópico. Y de alguna manera al fenómeno de la globalización, que, al menos en Occidente, se remonta a los viajes de exploración del siglo XV y el desarrollo de imperios ultramarinos. Como su contraparte, la distopía podría entenderse entonces como representaciones del carácter fallido de la globalización y el sueño de un mundo artificial construido a través de las tecnologías digitales e Internet.

En este sentido, la distopía problematiza los efectos de una concepción de la temporalidad, la futuridad. Y, al mismo tiempo, cierto modo de comprender el espacio abierto y diverso de la globalización, que deviene en un encierro en la tierra en esferas o burbujas. 

Los Estados Totalitarios, por su parte, proceden por una clausura del futuro y una reticulación y encierro del espacio con fines de control, por la que el individuo y las comunidades pierden las experiencias más básicas de la libertad: la libertad de movimiento y la capacidad de transformar la realidad según principios de esperanza y mejora. Un tiempo y espacio absoluto es el que establecen las utopías fallidas.

Frederic Jameson señaló en Arqueología del Futuro que el género distópico surgió en la Guerra Fría de la crítica al estalinismo. Sostiene que hay una relación intrínseca entre utopía y socialismo. Sin embargo, la novela El talón de hierro de Jack London (1909)-en cuya trama un gobierno oligárquico aplasta la Revolución Socialista e instaura un gobierno mundial-, es un testimonio de que la crítica a la utopía fallida y al Estado Total no provienen de Estados Unidos y de la crítica liberal a la Unión Soviética en el contexto de la Guerra Fría. En las genealogías de la idea de “lo total” que realiza el historiador Enzo Traverso y la filósofa Simona Forti, los cuestionamiento a una idea de Estado centralizado y autoritario se irán prefigurando ya cerca de 1914, en el imaginario de una guerra que todos creen inevitable, y más aún después de la Primera Guerra Mundial, cuando comienza a debatirse la <<movilización total>> y <<Estado Total>> en el ámbito político e intelectual alemán e italiano.  Participan críticamente de ese debate tanto teóricos liberales, católicos como socialistas, que se unen en sus críticas a los fascismos en ascenso. Hay una disputa sobre esa futuridad, incluso, si tomamos en cuenta que la extrema derecha por entonces también estaba reflexionando sobre la naturaleza sistémica de la totalidad social. En el caso del nazismo para producir, por ejemplo, su utopía ultranacionalista palingenésica. 

En conclusión, la utopía, que se ocupa del futuro, como señala Ricoeur, sólo existe en el presente. Es desde la actualidad desde donde conduce el deseo y la fantasía, funcionando como un vestigio de “lo que aún no es”. Mientras que respecto a la temporalidad del ser, la distopía se ocupa del futuro conducido por los miedos y los temores sociales, advirtiendo acerca de los efectos indeseados y los peligros de lo que se desea o imagina también desde el presente. 

Si la distopía existe en tanto crítica al género utópico, debiéramos considerarla como parte de la crisis de la literatura utópica y diferenciarla del género apocalíptico, que últimamente en la literatura juvenil y el cine catástrofe, se ha abocado más que a la crítica social, a estetizar catástrofes, derrumbes civilizatorios y finales de mundo posibles.

Fuentes:

-Zygmunt Bauman (2017) Retrotopía. Paidós. 

-Frederic Jameson (2009) Arqueología del futuro. El deseo llamado utopía y otras aproximaciones de la ciencia ficción. Akal, Madrid.

-Paul Ricoeur. Ideología y Utopía. Gedisa.

Deja un comentario