Reseña de Un Verdor terrible de Benjamín Labatut (Anagrama, 2020).

Hasta mediados del siglo XX, la historia de la ciencia fue narrada como una sucesión de “momentos de Ilustración”. La metáfora de la luz asociada a la verdad, esa metáfora absoluta, en palabras de Hans Blumenberg, cristaliza en la Modernidad una figuración a partir de la cual se representarán los avances científicos como una evolución o progreso.
En esa historia, claro está, rara vez ocurre que encontremos simbolizada a la ciencia con proximidad a los misterios, a lo oculto, a las encarnaciones del mal, mucho menos a las expresiones del miedo o a los extraños rituales de purificación y de exclusión de las edades oscuras de la humanidad.
Uno de los aspectos originales del último libro de Benjamin Labatut, Un verdor terrible (Anagrama: 2020), reside en haber problematizado ese tropo moderno, asociando en su narrativa a la ciencia del siglo XX con el misterio, el terror y la locura.
Labatut retrata además las obsesiones de estos científicos del siglo XX, especialmente aquellos ligados a la mecánica cuántica y la física nuclear, como el Hamlet intelectual de Paul Valéry, tambaleándose entre dos abismos. “Medita (el intelectual del siglo de las catástrofes en masa) sobre la vida y la muerte de las verdades. Tiene por fantasmas todos los objetos de nuestras controversias; tiene por remordimientos todos los títulos de nuestra gloria; está agobiado bajo el peso de los descubrimientos, de los conocimientos, incapaz de desentenderse de esa actividad ilimitada. Piensa en el hastío de reanudar el pasado, en la locura de querer innovar de continuo. Se tambalea entre los abismos, porque dos peligros no cesan de amenazar al mundo: el orden y el desorden” (Política del Espíritu. Paul Válery) En esa clave, el siglo XX es entendido como la pesadilla del sueño de la Razón Moderna. Tiempos, como los consideró Bertolt Brecht, que a pesar de los desarrollos científicos, muchos de ellos promovidos por la guerra total, también, por eso mismo, son tiempos de oscuridad.

Esta operación que lleva adelante Labatut, tiene, sin embargo, antecedentes literarios y filosóficos, con peso propio.Filosóficamente, Michel Foucault, estableció los pilares para una genealogía de esos instantes de oscuridad de los discursos y prácticas con pretensiones científicas de las ciencias humanas, así como los referentes de la Escuela de Frankfurt son responsables de una pormenorizada crítica a la razón instrumental que definió las bases del debate contemporáneo sobre la Modernidad. Estas líneas han sido continuadas además por otras genealogías.
En la literatura–más allá de que la ficción especulativa en general ahonda en exponer los límites de las utopías tecno-científicas—, al leer a Labatut, resuena H.P. Lovecraft, fundador del subgénero weird fiction y el terror cósmico, uno de los precursores de una literatura en la que algunos de sus narradores bizarros– científicos con voluntades absolutas o los discípulos que sobrevivieron a sus experiencias mítico cósmicas, lanzados a la búsqueda de verdades primordiales–, se asoman al abismo y enloquecen. También Michel Houellebecq, quien se inscribe, por otra parte, en la tradición Lovecraftiana. Es sobre todo en Las Partículas Elementales donde reflexiona sobre la siguiente generación de científicos, la de los científicos que ya no son considerados prometeicos sino fáusticos, y es a través de contar sus historias, que Houellebecq cuestiona a los pensadores de la izquierda francesa de posguerra por haber pretendido cuestionar el poder desconociendo las principales innovaciones científicas de su época, especialmente aquellos adelantos ligados a la genética, física nuclear y mecánica cuántica.
La operación en cuestión, en cualquiera de los casos, no equivale a “criticar a la ciencia” o ser anti-moderno. Incluso en el caso de Un Verdor Terrible se ha repetido esto en numerosas reseñas a pesar de que el propio Labatut ha sostenido en entrevistas que lo que le interesa es la fascinación sin límites de la condición humana, que en la actualidad se expresa, a su entender, en la ciencia: ese modo a partir del que “el ser humano interactúa con el misterio”. Habiendo afirmado también sentirse atraído por la ambición absoluta que ocultan los científicos, por esos viajes alocados que emprenden, que no estamos seguros dónde van a terminar, por el hecho de que nos tenga a un paso del abismo.
Es esa parte esencial del humano que le interesa representar a Labatut en su literatura, que no está desprovista de locura, precisamente la que oculta la metáfora de la luz. Y que debe, por lo tanto, desmontar el autor, por una razón más: se resiste a la representación literaria ya que, como bien muestra una vez más Blumenberg desde los inicios de la Ilustración moderna, esa figuración ha resultado debilitante para los ilustrados. Se la ha criticado por santurrona, sobre todo al proponerse como autoridad pedagógica tutelar y hacer gala de la arrogancia del ilustrador. Ha sido problematizada por poco irreverente, al pretender oponerse a toda forma de irracionalidad y barbarie. No faltó quien la consideró aburrida por su incapacidad de encarnar el drama de lo humano y en lugar de infundir coraje, llenar de visiones de derrotas a sus audiencias. Debido a su carácter elitista y homogeneizador, se la acusó de ser injusta, y por su oposición a toda retórica, su discurso fue desprovisto de cierto encanto.
El éxito de las historias insensatas que relata Labatut reside sobre todo a sus perspectiva narrativa. Relata ciertos episodios de la historia de la ciencia, no según sus instantes de Ilustración, sino los momentos de desborde libidinal, pulsiones criminales, pretensiones absolutas, cercanía a lo inefable, decisiones irracionales, que entrelazan las biografías de los científicos cuyas vidas relata, todos ellos atravesados por un único hilo conductor: el querer entender el principio que explique todas las cosas del universo; y es precisamente en ese intento ilimitado y demasiado humano, aunque también fascinante, según Labatut, que los personajes se precipitan vertiginosamente a esa oscuridad disolvente que es lo que parece estar más allá de ese abismo al que se han asomado en su afán frenético por comprender de qué está hecha la realidad.
Curioso es que, al terminar de leer, tenemos la impresión de que cuanto más se acerca el hombre a la verdad absoluta, es esa misma realidad, cuyo principio originario se pretendía aprehender a través del conocimiento, la que parece ponerse en peligro.