Diario de lecturas. «Mientras Escribo» de Stephen King.

Este es un diario de lecturas de obras literarias referidas al proceso de escritura.

La escritura como telepatía

Escribir para Stephen King es telepatía.

 En otras palabras: un poder psíquico. Este es el concepto de magia de King, si consideramos que en su obra la mayoría de los personajes que manifiestan tener poderes sobrenaturales o practican la magia lo que en verdad utilizan son poderes psíquicos. 

Quien escribe  estaría entonces poniendo en práctica el don sobrenatural de transmitir lejos (  tēle ) sus emociones, sus intensidades y deseos desbordados( “pathos”), a la mente y los canales sensoriales de otro ser humano sin una interacción física. 

Todas las artes, para el autor de Mientras Escribo, implican telepatía, pero en la literatura encontramos su forma más pura.

Consecuentemente, es una actividad que hay que tomarla con seriedad.

 (Ya hemos visto en sus ficciones especulativas qué puede ocurrir si los poderes psíquicos se desbordan).

¿Qué implica, por lo tanto, tomarlo como algo serio? Considerarla una techné. Es necesario aprender a usar técnicas y herramientas de escritura. 

La base de estas técnicas y herramientas es el vocabulario. 

 Es indistinto que el escritor posea un vocabulario más florido, amplio o escueto,sino que para nuestro autor el vocabulario debe tener una relación con el estilo y es necesario que articule la escritura con un trabajo consciente de las palabras. 

En ese sentido, Stephen King recomienda no usar palabras complejas por vergüenza a utilizar un lenguaje más coloquial ni servirse únicamente de las convenciones realistas del lenguaje. Afirma que no hay que dudar de la primera palabra que viene a la mente, creando la regla de que la primera palabra que se le ocurre al escritor es la correcta, siempre y cuando sea la adecuada, y le de la vida a la frase. Las palabras demasiado pensadas en general para él no son las que mejor expresan una idea.

 Según King, además, hay que renunciar a querer decirlo todo. Las palabras guardan una relación de referencia pero no pueden expresar el significado de forma absoluta.Esta es otra regla del realismo que lleva a frustraciones.  No todas son, asimismo, metáforas. Esta es una suposición de los críticos del realismo que deriva en que toda escritura debe ser poética o categorial. Siendo este el criterio por el que se descarta a la narrativa con pretensiones miméticas como mala literatura.

La segunda herramienta de la escritura es la gramática.

Para Stephen King lo más importante son los elementos que hacen al estilo, ya que tienen relevancia para la producción de sentido y la comunicación con el lector. En este punto, cuando se refiere a las palabras referidas al régimen de lo enunciable y aquellas referidas a la acción ( las palabras que actúan), King recomienda centrarse en el armado de frases simples. Las frases simples le otorgan una suerte de red de seguridad a la escritura, sobre todo la simplicidad de la combinación nombre-verbo es útil y hasta poética especialmente para escritores que tienden a perderse en los laberintos de la retórica, que escriben frases largas y encadenadas, que ponen circunstanciales, yuxtaposiciones, subordinadas. Escribir oraciones sencillas es un buen camino para no perderse. 

La tercera condición para un proceso de escritura serio es la lectura y escritura.

Para ser un profesional hay que leer mucho. No existen posibilidades de saltarse este requerimiento. Si bien existen variaciones (él mismo se reconoce como un lector lento), no se puede no leer, entre otras cosas, porque los libros son los verdaderos maestros de la escritura. Buena parte del oficio se aprende en la propia lectura. Incluso los libros malos son a menudo los que mejores lecciones enseñan en la medida en que por ello un escritor aprende aquello que no quiere hacer o le parece que está mal hacer. Por lo tanto, alguien que no lee –señala King–no dispone ni de tiempos ni de herramientas para escribir.

 Leer es, en consecuencia, el centro creativo de la vida del escritor mismo. Es, además, una forma de desvincularse del mundo “normal”, cotidiano, ordinario, para problematizar lo real con la ficción, a través de otras atmósferas y lenguajes. Por eso se ingresa a esos mundos por medio de rituales de transición que implica desconectar la TV y los ordenadores, las actividades cotidianas, las redes sociales. Solo la música está permitida porque, para King, participa en la construcción de atmósferas o climas en los que es más propicio escribir. 

La escritura requiere además de cierto talento, pero también pasión y sobre todo pasarla bien. Este último criterio para King es decisivo al momento de evaluar una vocación.  No debe ser algo que nos exija un esfuerzo emocional. Entre el talento y la producción, debería ser algo que nos gusta y donde la pasamos bien. 

Finalmente es importante que la lectura y la escritura se realice en cierto entorno, una especie de atmósfera, que le de confianza e intimidad al proceso de lecto-escritura. La importancia de que tenga su propio lugar reside en que suele ocurrir que se vive como algo que pierde realidad o consistencia si no tiene su marco. Y en este sentido insiste en tomar a la lectura y la escritura como algo serio.

Asimismo, en Mientras Escribo Stephen King construye un modelo de escritor que problematiza algunos clichés del escritor maldito.

Por ejemplo, él organiza sus horarios para dedicarse a lo nuevo por la mañana. Sugiere continuar con un proyecto hasta terminarlo, es importante no dejarlo, porque considera que con el tiempo los personajes pierden ritmo, se oxidan y el escritor empieza a perder entusiasmo, volviéndose más una carga que algo placentero. 

Para la producción regular recomiendo tener un ambiente sereno, sin demasiados sustos, distracciones, una vida física rica y saludable, estabilidad en las relaciones afectivas. 

Considera que se puede leer en cualquier parte, pero escribir en cualquier parte es más complicado. Las mejores condiciones son las que otorga la casa en el sentido del espacio propio. Esto, sin embargo, no debe ser un impedimento. Sus dos primeras novelas, Carrie y Salem’s Lot las escribió en el lavadero de una caravana, como Truman Capote escribió en hoteles. El espacio puede ser modesto, pero lo importante es que uno tenga una cierta intimidad.

 La sala de escritura es la habitación donde sueñas. Implica–al igual que la habitación donde dormimos–romper con el cuerpo, que se va a quedar físicamente quieto, y estimular al cerebro, pero no en la forma en que generalmente trabaja que es la del pensamiento racional y rutinario, sino para que trabaje de una manera onírica. 

Una vez que están garantizadas estas condiciones estaríamos en condiciones de escribir. 

Ahora la otra pregunta que surge es: ¿Escribir sobre qué? La respuesta de King es: “de lo que te dé la gana, siempre y cuando, cuentes la verdad”.

En esta instancia encontramos el concepto que King tiene del material de la escritura: las experiencias o saberes sobre los que se va a construir luego una narrativa. Son esas experiencias o saberes previos a los que se refiere con “la verdad”.

La verdad en términos expresivos, referida a las condiciones pre-narrativas, lo que el escritor sabe. No se escribe solo de lo que se sabe, pero este es su punto de partida.

Desde luego, además de lo que conocemos, el escritor necesita poner en juego sus emociones y la imaginación. Sin ambos el mundo de la ficción sería un lugar sórdido. 

Incluso puede que no existiera. 

Quizás la máxima que él destaca como consejo a seguir es que hay que escribir de aquello que a uno le gusta leer. En su caso temprano ha sido el terror. Si los géneros que te gustan son considerados menores –como las novelas de romance, la ciencia ficción, el cuento fantástico– desde su perspectiva es una mala opción  renegar del deseo y escribir los géneros autorizados bajo la suposición de que van a dar mayor impresión al público. Ir en contra de lo que a uno le gusta es para Stephen King tan espurio como la finalidad de la narrativa que se escribe con fines comerciales. “La narrativa consiste en descubrir la verdad dentro de la red de mentiras de la ficción”, afirma. Sería moralmente condenable escribir contra lo que se piensa, admira o disfruta. Es una suerte de fraude intelectual.

En ese sentido, lo que recomienda es empezar por escribir sobre cosas sobre las que se posee algún saber articulando con cosas producidas por la imaginación. Siempre tomando en cuenta que escribir sobre un campo sobre el que se tiene alguna experiencia o saber no implica moralizar esa vivencia o área de conocimiento, sino que estos saberes enriquezcan la narración. 

Finalmente, el modo de elaborar ese nivel pre-narrativo, al menos en la novela y el cuento, es la parte más importante del proceso de escritura para King. Pero no en el nivel del “entramado”, sino de la narración, descripción y los diálogos de los personajes. 

La trama queda en otra dimensión porque, por un lado, nuestras vidas no tienen un argumento y la segunda porque considera incompatible el argumento con la espontaneidad de la creación auténtica. King está por lo tanto muy lejos de creer en armar un guión o estructura de novela antes de empezar a escribir. Para él todos esos tips de cómo estructurar una novela es algo que hacen los malos escritores. El resultado es una historia artificiosa. 

Piensa en una escritura más similar a la intuición y al modo en que experimentamos vivencias previamente a que las narramos. Sus historias se basan en situaciones. La premisa del conflicto narrativo de King es poner a un grupo de personajes en un aprieto y ver cómo intentan resolverlo. Lo primero es la situación, luego los personajes y una vez que se empieza a contar su historia, van adquiriendo complejidad. Cada escritor o escritora se construirá su propio modelo de narración. Sin embargo, la premisa de Stephen King, es que se debe echar mano a las experiencias pre-narrativas e imaginación para ir tramando la historia, y no al revés, si queremos contar una buena historia. Que es, en última instancia, de lo que para nuestro autor se trata la escritura.

Sobre la escritura y la vida

“Lo que está por suceder, lo que aconteció y lo que está aconteciendo, esa potencia de la vida que nos arrastra a ser quiénes somos–señala Giles Deleuze– se expresa en el verbo”. En el caso de Stephen King el verbo ha sido, desde temprana edad, escribir

De su relato se desprende que es escritor, aún antes de ser reconocido como tal, sencillamente porque todo lo que lo define, desde que tiene conciencia de su existencia, es la acción de escribir.

En su Currículum Vitae (capítulo uno), explica a causa de la irrupción de ciertas condiciones y su propia historia de vida, no cómo llegó a convertirse en escritor, sino por qué siempre lo fue, incluso antes de tener conciencia o reconocerse él mismo como tal. Hasta podría deducirse de su relato que no existía ninguna posibilidad de que no fuera un escritor. Estaba destinado a serlo.

Es para destacar esa insistencia del verbo. Si se lo desagrega en otros verbos asociados a esa actividad— tales como leer, publicar, editar, hacer copias, vender sus obras– es muy impresionante notar que Stephen King se expuso a la recepción y a la crítica –se convirtió en lo que él llama un «escritor de puertas afuera»–, casi al mismo tiempo que comenzó a escribir.

Si la instancia «puertas adentro» es en la que el escritor escribe para sí mismo, antes de exponer su trabajo a otros, abrir la puerta, no es sencillamente mostrar el trabajo, en cierto modo también implica que los textos, los personajes y las historias, dejan de pertenecer a su creador.

Stephen King no solo tuvo desde muy joven un público lector. Desde que escribía y publicaba en la escuela, parece haber entregado sus creaciones con cierto desapego para que circularan, las interpretaran, les dieran ciertos usos escolares y hasta ganó algo de dinero. Es una experiencia infantil muy potente. Para la mayoría de los escritores llegar a ese punto es bastante trabajoso.

La anécdota que para él parece representar un quiebre al respecto es el encuentro con el editor de un periódico deportivo frente a quien lo envían como castigo por haberse burlado de una profesora. Ignoraba bastante sobre cuestiones deportivas y presentó una crónica convencional acerca de un partido de baseball. Sin embargo, tuvo mejor suerte con un relato sobre uno de los jugadores que en aquél partido había batido un récord. No obstante, lo que verdaderamente rescata en esa historia es la fascinación que le despierta notar que las correcciones efectuadas por el editor del periódico han terminado por enriquecer su texto. Del proceso ha resultado embellecido. En esa primera experiencia de edición King descubre la dimensión colectiva del trabajo del escritor. Es también su primer encuentro con un público entendido. Este es el editor que le aconseja: «escribir con la puerta cerrada y reescribir con la puerta abierta». Quien le advierte que uno comienza contándose una historia a sí mismo, pero que al exponerla, esa historia deja de pertenecerle al creador. Esta anécdota es la metáfora del encuentro prematuro de Stephen King con la crítica. 

Pero hay también momentos en la vida de un escritor vinculados a la muerte. En su propia historia, todos esos momentos tienen un denominador común: el alcohol y las drogas.

El primero de esos momentos en la historia de King con el alcoholismo es su primera borrachera. El acontecimiento, sin embargo, no parece ser la borrachera en sí misma, sino haber descubierto la sensación de estar alcoholizado: esa experiencia de distorsión perceptiva, similar a la imaginación o a estar dentro de una película, donde el mundo se vuelve ajeno a uno mismo. Esta experiencia casi onírica, en la que estás y no estás en el mundo, a él le resultó atractiva de inmediato. El alcohol lo ayuda a desinhibirse y confrontar temores, hablar con mujeres, divertirse, ser más genuino, evadirse. Este inocente evento es el comienzo de una carrera autodestructiva que describe como una suerte de descenso a los infiernos.

El momento más oscuro de ese tránsito es durante la escritura de El Resplandor. Es también entonces el período durante el cual agoniza su madre. El relato de la muerte de su madre es muy impactante, no solo por lo bien logrado, sino también porque describe una imagen que parece sacada de una escena de terror de sus propias novelas. Mientras al mismo tiempo logra transmitir el carácter dramático de la situación, el dolor que la causó y sobre todo el poderoso vínculo que lo une a su hermano. Sin embargo, la tragedia está representada según ese estilo que a él lo caracteriza y por la manera particular con la que suele observa la realidad, que confluye en una figuración muy peculiar de la muerte. 

Este descenso al infierno llega a su momento más dramático cuando él se da cuenta que es alcohólico. Estaba escribiendo El Resplandor sin advertir que estaba escribiendo sobre lo que le estaba pasando. King establece allí una relación entre el alcoholismo y la masculinidad, como una forma típica de algunos hombres de confrontar el vacío existencial, las frustraciones, el agobio de la familia. No obstante, es a través de la escritura que toma conciencia de que tiene una enfermedad. Pronto, y no sin sorpresa, descubre que el protagonista de El Resplandor era él mismo, que la enfermera de Misery era una suerte de metáfora de las drogas que lo estaban matando. Incluso él interpreta que la escritura de esos años era un pedido de auxilio. De ahí que concluya que la escritura es un modo de relacionarse con lo que nos pasa, incluso para un escritor profesional, ya consagrado.

King hace una breve reflexión al final de ese apartado sobre la concepción que circula en el mundo editorial y literario, y yo diría en el mundo del arte en general, que sostiene que las drogas y el alcohol están relacionadas con el proceso creativo y la supone que el abandono de esas sustancias o una rehabilitación conlleva el fin de su creatividad, y por lo tanto de una carrera literaria. Cita los casos de Hemingway, Scott Fitzgerald, Dylan Thomas, sobre cuyas vidas construyó un poco ese mito. 

Stephen King cree que esos argumentos son los que ofrece cualquier adicto con independencia del trabajo o campo en el que se desempeñen. Si bien no niega que fue un período productivo, tampoco por ello deja de considerarlo un viaje a la oscuridad. Durante ese período él mismo se representa en un sótano en cuyo centro había montado un escritorio gigantesco y ridículo en el que estaba borracho “como el capitán de un barco con un rumbo perdido”.

La tormenta llegó a su fin. Termina con su profesionalización. La metáfora de ese ritual de paso es el momento en que se construye un espacio de trabajo, un estudio iluminado, con un escritorio más o menos sensato, que él ubica en una de las esquinas. Desde entonces Stpehen King sostiene que empezó a tomarse más en serio el trabajo de escritor. 

El relato de esta pequeña travesía por la que casi naufraga termina con una frase nietzscheana sobre cómo producir un arte para la vida. “Se empieza así- dice-poniendo el escritorio en una esquina y a la hora de sentarse a escribir, recordando el motivo de que no esté en el medio de la habitación. La vida no está al servicio del arte, sino al revés”.

Entonces me doy cuenta que me equivoqué al principio. Que no se trata de “vivir a veces” mientras la escritura lo consume todo. Stpehen King , por el contrario, considera que escribe para estar vivo.

Escribir la tragedia humana en clave de terror

King no parece tener una explicación de origen, una razón primera, a por qué es escritor. La escritura parece ser algo que no puede dejar de hacer desde que tiene memoria.

Escribir también parece ser para él un modo de relacionarse con el mundo que lo acompaña desde su infancia, y que consiste, ante todo, en narrar y deformar con la imaginación sus experiencias con lo raro y lo espeluznante.

Es, por lo tanto, una forma de comprensión de experiencias, sobre todo aquellas experiencias antropológicas que resultan perturbadoras.

“Carrie nunca me ha caído bien–confiesa–, pero al menos Sondra y Dodie (antiguas compañeras de estudios de King que inspiraron la construcción de Carrie) me ayudaron a entenderla un poco. La compadecía a ella y a sus compañeros de clase, de quienes yo, años atrás, había formado parte”.

El terror pareciera ser el género irónico preferido por King para abordar la tragedia del ser humano. Por más extraña que nos parezca la catarsis que promueve su obra, Stephen King, como otros escritores y escritoras, escriben para entender y reconciliarse con la condición humana.

¿Qué es lo que quiere entender de las condición humana? Creo que buena parte de su literatura se aboca a tratar de comprender los temores de la sociedad y las formas de maldad que vehiculiza ese estado psicológico que es el miedo.

Por ejemplo, sobre Dodie, su compañera del secundario que terminó suicidándose, y los maltratos que sufrió en la secundaria, señala: “No es que se rieran, es que la odiaban. Personificaba todos los temores de sus compañeras de clase”.

Esa descripción le cabe a muchos de los personajes de King: personificaciones de los temores sociales, ante los cuales, la misma sociedad reacciona a través de lo que se conocen como rituales de purificación, a partir de los cuales, real o simbólicamente, se destruye o exilia a un individuo que personifica esos miedos como forma de liberar de los mismos a la comunidad.

Muchas novelas de King versan sobre esos territorios que,como señala Foucault, pertenecen a lo inhumano, aquello frente a lo cual se va “a solicitar por medio de extraños encantamientos una nueva encarnación del mal, una mueca distinta del miedo, la magia renovada de purificación y de exclusión”. (Foucault, M. Historia de la Locura).

No obstante, tengo la impresión que King, al momento de describir esos rituales de purificación, manifiesta más interés en el cuerpo, en el carácter orgánico y biológico de la maldad, así como su expresión en formas inconscientes de la imaginación ( en su dimensión mitológica, religiosa o psicológica), antes que las “formas de la conciencia”.

Creo también que, además de su concepción del terror como un fenómeno psicológico e inconsciente, vinculado a la imaginación, hay allí también una profunda discusión con la literatura ilustrada. No es extraño que cuando un personaje de King, que desarrolla perturbaciones psicológicas y poderes sobrenaturales, hace un monólogo interno–como ocurre con Carrie– encontremos una mente fracturada, esquizoide, o al menos, imposible de reproducir en la forma de las voces neuróticas de la literatura del “espíritu”.

Existe también una forma alternativa de maldad, diría que no ominosa, que en su escritura se revela más en las acciones que en el “relato” o en los diálogos. Me refiero a esos personajes que no sabemos qué están pensando, que se expresan de forma banal y actúan sin saber bien los daños que provocarán con sus acciones, lo cual nos lleva a suponer que no piensan nada y que aquella maldad deviene de su incapacidad de hacer juicios.

Esta crueldad, humana, demasiado humana, es la que suele darle forma a los miedos, que se materializan o encarnan en un ente o un fenómeno sobrenatural que los persigue y amenaza, o bien que aparece como un tabú o prohibición, que regresa en la forma de maldición, cuando vuelve a ser quebrado. La estupidez humana, la ignorancia, el olvido y la contingencia son, en definitiva, fuentes inagotables de acción dramática en las historias de Stephen King.

Al respecto, tengo la impresión de que su literatura suele pretender revelar el carácter ideológico de los relatos sobre los conflictos acerca de nuestras vidas contemporáneas. La novedad es que para exponer esa dimensión no problematizada de la narrativa, King no se vale del discurso de la razón, sino de metáforas de fuerzas mágicas, sobrenaturales o preternaturales, que pueden derivarse de la mente humana y de todo aquello que precisamente no podemos explicar con la razón porque le tememos. Y que termina funcionando, por el efecto de su descripción, como una crítica de esas conciencias que se auto-engañan o falsas conciencias movidas por sus miedos más profundos.

Al prescindir del la perspectiva de la razón, me parece que se modifica además la figura de la monstruosidad. El monstruo, como señala Foucault, es una construcción de la razón, es el Otro en la historia de lo mismo, una variación en la propia identidad. Pero para Stephen King, el monstruo es una proyección del inconsciente en el afuera, no es el Otro de la razón o la identidad, sino que expresa temores, que desde luego son sociales y políticos, pero que a pesar de que es posible explicarlos bajo la formas lógicas, lo que figuran y modelizan, no son tanto las formas de la conciencias, sino las creencias, pulsiones, emociones, deseos y temores.

Por eso creo que Stpehen King no victimiza a sus monstruos (aún cuando uno pueda deducir que su violencia sea resultado de cierta violencia social previa), como tampoco los victimarios suelen ser presentados por él como formas absolutas de la maldad, a veces incluso son inocentes. King evita moralizar, sobre todo al final de sus historia; ni siquiera pretende, como se estila actualmente, elaborar una moral a favor de los monstruos. El monstruo es simbólico, la figuración de aquello a lo que inconscientemente teme una comunidad. Ya que, en cierto modo, la sociedad, a través del monstruo, es víctima de sí misma, no de la moral del escritor.

La maldad que retrata Stephen King–al igual que el poder– calla. La narrativa falla en su intento de explicitarla en sus formas tradicionales. La experiencia del mal no se puede “contar” sin encontrarse con los límites de esa forma de representación. Parecería que solo una poética puede captar– a través de la metáfora de la pesadilla– la imaginación propia del terror.

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