EL MUNDO SE DERRUMBA TODO EL TIEMPO
El escritor Paul Auster en 1987 captó la sombra de un nuevo tipo de colapso de la realidad. En la novela que tituló El país de las últimas cosas advierte sobre de qué forma aquello de lo que está hecho el mundo puede desaparecer, ya no debido a la ira de los dioses, catástrofes naturales o a causa del estallido de una guerra nuclear, sino por unas fuerzas enajenadas que lo consumen sin descanso.
El libro comienza con una cita del cuento fantástico El ferrocarril celestial de Nathaniel Hawthorne: “No hace mucho tiempo, penetrando a través del portal de los sueños, visité aquella región de la tierra donde se encuentra la famosa ciudad de la destrucción”.El relato parodia las alegorías de la ficción teológica de John Bunyan, “El progreso del peregrino” de 1684, en el que su protagonista, Cristiano, viaja desde la ciudad de la destrucción a través del pantano del desaliento, el collado de las dificultades, la batalla con Apolión, el castillo de las dudas, hasta cruzar el río de la muerte y llegar a la ciudad celestial, donde encontrará su salvación.
Salem, la ciudad en la que nació Hawthorne en 1804, que era por entonces una ciudad en declive y empobrecida, marcada por una oscura historia, también nutrió los sueños del escritor norteamericano. Borges señala que la relación de Hawthorne con la vieja y decadente Salem no fue la mejor: “la quiso con el triste amor que inspiran las personas que no nos quieren, los fracasos, las enfermedades, las manías”. Vivió allí hasta 1836 como si lo forzara una maldición familiar (asumida tal vez por culpa o superstición, quizás por su convicción de que las cargas del pasado se transmiten entre generaciones), debido a que uno de sus antepasados, John Hawthorne, quien habría sido juez de los tribunales contra hechicería, condenó a diecinueve mujeres a la muerte.
Más allá de que Hawthorne represente como una farsa el viaje desde la ciudad de la destrucción hacia la ciudad celestial, en el final de El ferrocarril celestial el protagonista descubre que el tren nunca llegará a su destino. Que no hay salvación más allá de la historia. Incluso que su guía era un demonio. “Ya estamos– señala Borges, refiriéndose a los temas del viaje inconcluso, la moratoria infinita, los castigos indescifrables— en Herman Melville, en el mundo de Kafka”. A su vez, el viaje de Anna Blume por el país de las últimas cosas recuerda al viaje de Cristiano y del pasajero de ese tren fantástico que promete escapar de la ciudad de la destrucción. Sin embargo, el resultado de que Auster prescinda de cualquier alegoría y de la finalidad escatológica o teleológica del viaje, es la distopía.
Existe, sin embargo, otro relato que también dialoga con El país de las últimas cosas. En El Holocausto de la tierra, Hawthorne describe como hombres y mujeres, en una gran hoguera, durante un rapto de delirio y posesión, destruyen una a una las cosas de las que está hecho el mundo. “Todas ellas fueron ya lanzadas a las llamas violentas; y entonces cruzó la llanura un viento poderoso que aullaba con desolación, como si fuera el lamento colérico de la tierra por la pérdida de la luz solar del cielo; y agitó la pirámide gigantesca de llamas y esparció por encima de los espectadores las cenizas de las abominaciones consumidas a medias”. Es en definitiva la propia voluntad humana la que propicia la destrucción del mundo. Hawthorne realiza una extraña torsión de aquella parábola bíblica que reza: “de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma”, al proponer que sólo tras quedar desprovistos de aquellos objetos a los que debemos quiénes somos, tomamos conciencia del valor de las cosas de las que está hecho el mundo. Auster parece haber reescrito esta imagen del colapso sin la preocupación ética (que según Borges dañaba la magistralidad de la parábola) y a la luz de las catástrofes del siglo XX, retomando el sentido filosófico de esta metáfora del fin del mundo como destrucción de todas las cosas. Solo que en El país de las últimas cosas este hundimiento se torna inexplicable y persistente. “Estas son las últimas cosas– escribió ella–. Desaparecen una a una y no vuelven nunca más”.
La distopía de Auster comparte, sin embargo, con los relatos de Hawthorne, el intento de poner en palabras una visión terrorífica en la que el mundo se desploma todo el tiempo. Sostenerlo resulta ser un esfuerzo que exige a la humanidad unas fuerzas que no parecen alcanzar para que tenga sentido.
EL COLAPSO DE TODAS LAS HISTORIAS
En los momentos más lúcidos e imaginativos en que Hawthorne construye sus representaciones de la pérdida del mundo, aquellos pasajes en los que intenta acercarse a los umbrales que ponen en crisis la realidad, trasciende las imaginerías del apocalipsis cristiano y las fábulas morales con las que suele rematar sus cuentos. Borges extrae un fragmento de El fauno de Mármol que bien podría ser considerado precursor del terror cósmico.
En el foro romano se abre un hoyo de gran hondura y profundidad, dentro del cual –según rezan los historiadores latinos– se lanza un soldado con su caballo. Hawthorne lo imagina como: “un enorme y oscuro hueco, impenetrablemente hondo, con vagos monstruos y con caras atroces mirando desde abajo y llenando de horror a los ciudadanos que se habían asomado a los bordes. Adentro había visiones proféticas (intimaciones de todos los infortunios de Roma), sombras de galos y de vándalos y de los soldados franceses”. El abismo así descrito revela el desorden aparente de ese misterioso mundo imaginado por el escritor en el que estalla nuestra comprensión del espacio-tiempo.
A Borges no le convence este monstruo. Es demasiadas cosas. “En el curso de un solo párrafo es la grieta de la que hablan historiadores latinos y también es la boca del Infierno «con vagos monstruos y caras atroces» y también es el horror esencial de la vida humana y también es Tiempo, que devora estatuas y ejércitos, y también es la Eternidad, que encierra tiempos”. Pero termina admitiendo que para “el álgebra secreta de los sueños» este signo múltiple es aceptable.
Hawthorne mismo reconoce que nadie se asoma allí guiado por la razón, sino en “momentos de sombra y de abatimiento, es decir, de intuición”. Los desgarramientos en la realidad se experimentan, sobre todo, como delirios y alucinaciones. Está convencido de que esas aperturas en la trama del mundo son: “ sólo una boca del abismo de oscuridad que está debajo de nosotros, en todas partes. La sustancia más firme de la felicidad de los hombres es una lámina interpuesta sobre ese abismo y que mantiene nuestro mundo ilusorio. No se requiere un terremoto para romperla; basta apoyar el pie. Hay que pisar con mucho cuidado. Inevitablemente, al fin nos hundimos”.
Este tenue mundo crepuscular de las imaginaciones fantásticas de Hawthorne, como aquellas sensaciones de irrealidad y fantasmidad que lo asaltaban, según Borges, la conciencia que lo asiste acerca de la fragilidad de las cosas, me recuerda también a un cuento de H. P. Lovecraft que tituló El barco blanco cuyo tema es la inevitabilidad del naufragio de los viajes fantásticos. El relato trata sobre el encargado de un faro que abandona el puesto histórico de una familia de torreros, para viajar en este barco, día y noche, a ciudades maravillosas, guiado por un ave celestial. El barco blanco incluso deja caer sus anclas en “las mismísimas tierras de la fantasía”. Por desgracia, a su regreso, la luz del faro se agota como los últimos brillos de un cometa y el barco se estremece bajo estrellas negras. “Después del choque, vino la oscuridad —relata el torrero—. Y escuché el alarido de cosas que no eran humanas y de esos hombres”. Seguidamente, la luz del faro se apaga y el ave azul muere, el barco se quiebra entre las rocas y hacia donde mira el torrero solo encuentra desolación.
Los abismos que describen Hawthorne y Lovecraft desgarran la realidad desde sus bordes. La cercanía a ellos parece experimentarse como una caída eterna en pozos de infinita oscuridad. Proceden como un atroz desencanto respecto de lo que la realidad tiene de irreal y fantástico, como si el propósito fuera devorar el mundo hasta alcanzar su completa destrucción. Para ello no es suficiente disolver el pasado en el presente, en la densidad, caótica y amorfa, del instante, sino que es necesario engullir lo que aún no ha acontecido. Solo se me ocurre un modo de destruir el futuro. Benjamín Labatut le llama “crisis de la imaginación” al colapso de todas las viejas historias que dieron sentido al mundo.
EL OLVIDO, ESE DESTRUCTOR DE MUNDOS.
En ese ensayo sobre Nathaniel Hawthorne escrito en 1952, Borges sostiene que la fantasía de abolir el pasado fue practicada en variedad de ocasiones en nuestra historia. Que haya sobrevivido a esos intentos, y que podamos recordar tales episodios, es la prueba de que es imposible suprimir el pasado. Las historias que contamos no son el pasado mismo sino la forma en que nos relacionamos con las cosas que no han desaparecido, incluso esta vieja idea de destruir las tradiciones. Pero intuyo que hay algo más en el miedo heredado de nuestros antiguos a quedar desarticulados del pasado, a no estar sometidos al tiempo y terminar librados al olvido. Después de todo, así como escribimos para “perder el rostro”, para crear otras realidades, también escribimos para preservar al mundo a través de organizar una memoria común.
La idea de la preservación del mundo por medio del recuerdo proviene de los antiguos. La inmortalidad era la medida de valor del mundo griego, una cualidad temporal propia de la naturaleza y de los dioses, que guardaba relación con el movimiento cíclico de los astros. El mundo de la naturaleza y de los dioses no podía tener un fin debido a que estaba siempre volviendo a comenzar. Solo los mortales y las cosas creadas por ellos perecen con el paso del tiempo.Hannah Arendt, al respecto, escribió que: “(…) sin embargo, si los mortales consiguen dotar a sus trabajos, proezas y palabras de cierto grado de permanencia y detener su carácter perecedero, estas cosas, al menos en cierta medida, integran el mundo de lo perdurable (…) La capacidad humana que permite lograr esto es la memoria, Mnemosine, a quien por tanto se consideró madre de todas las musas”.
La tarea de la historia y la poesía era preservar las hazañas en el tiempo a través del recuerdo. Por lo tanto, el único final del mundo posible llegaba con la pérdida de la memoria, precedida por la destrucción y el saqueo, la masacre, la muerte de los hijos, el exilio o la decadencia.
Sin embargo, el fantasmal deambular de Anna Blume por la ciudad de la destrucción se opone al viaje del coleccionista o del historiador, quien en su afán de completar sus series y trazar genealogías, preserva lo que ya no es. Anna, en la búsqueda de su hermano, durante esa travesía en la que es consciente de la fragilidad de su existencia y la ausencia de sentido de ese delirio al que ha quedado reducido el mundo, se ve impedida de estar presente en las épocas antiguas. En la ciudad de la destrucción ya no se puede ir hacia atrás en el tiempo. El futuro, sin embargo, tampoco llega; también quedó atrás después de la catástrofe. Pareciera que los habitantes del país de las últimas cosas están condenados a un presente absoluto.
Mientras en El holocausto de la tierra la tienda de antigüedades es lanzada a las llamas de la hoguera, en la distopía de Auster ese montaje de despojos se ha convertido en el basurero del mundo. Pese a todo, ninguno de estos mundos se ha corroído por la acción del tiempo, por lo tanto, no aparece en su superficie esa alegre melancolía del culto a las ruinas.
Esta novedad data de los años 40′ cuando, como escribe Paul Válery, la civilización moderna Occidental fue consciente de que era mortal. No es que jamás hubiera oído que grandes imperios y culturas, durante edades oscuras, desaparecieron sin contemplación, junto con todos sus artilugios, saberes, leyes, ciencias y artes, condenadas al olvido; pero pensaron que las cosas eran “perecederas por accidente” y que aquellos extravíos, naufragios, destrucciones, no los alcanzarían jamás.
Las ruinas de la ciudad de la destrucción carecen del aura que las transformaba en algo venerable y con cierta belleza. Es un tipo de destrucción vacía de fantasía en la que puede advertirse que no sólo es capaz de eliminar todas las cosas, sino también de borrar su paso por el mundo. Incluso el olvido en la distopía de Auster aparece como una facultad activa y voluntaria, que se ha impuesto como una necesidad para sobrevivir.“Durante mucho tiempo, intenté no recordar nada; –escribe Anna Blume –restringiendo mis pensamientos al presente me sentía capaz de arreglármelas, más fuerte para evitar lamentaciones. La memoria es una gran trampa”.
Anna expresa en otras palabras aquel problema que señaló Benjamin Labatut: “El fracaso de nuestras grandes narrativas en reflejar cómo se siente estar vivo durante la segunda década de siglo XXI y el colapso de ese don divino que nos permite poner la realidad en palabras y dar sentido a los que nos rodea para compartir una historia común seguramente están en la base de nuestra confusión actual, y de nuestra casi total desorientación. Pero sospecho que hay algo más: no tenemos historias para explicarnos adecuadamente porque estamos atrapados en una carrera alocada, desencadenados del pasado y sin nada que nos ate a una imagen fija de futuro, libres de cualquier tipo de restricción pero completamente perdidos”. El pasado y la tradición ya no obligan. No es imperativo recordar, sino volver a pensarlo todo. Ya que como señala Borges en Funes, el memorioso, el recuerdo de todas las cosas también puede ser un destructor de mundos. La insensata memoria total, la de los inmortales que hacen todo y saben todo, obtura el pensamiento. “Pensar es olvidar las diferencias, abstraer, generalizar”.
Anna Blume se para ante las cosas que no han desaparecido como si estuviera delante de una legión de espectros. Los significados perdidos de todo ese mundo fantasmático la agobian. Se siente incapaz de asumir la actividad ilimitada de dotarlos de sentidos en un mundo en ruinas. Considera el hastío de recuperar el pasado, la locura que implica retomar una continuidad con aquella tragedia. Los despide, celebrando el olvido, porque en el mundo lo que reina es una genérica y abstracta confusión que une la vida y la muerte.